
Killing Floor 2 te pondrá los pelos de punta

En Killing Floor 2 hay un lanzagranadas que desafía la gravedad y que amenaza con dejarme en quiebra. Es un arma muy del rollo de la ciencia ficción, escupe pegotes de energía que explotan en nebulosas coloridas antes de encogerse rápidamente y convertir a los zombis cercanos en una masa sangrienta. Cuesta lo suyo y se lleva buena parte del dinero que gano masacrando no muertos, pero cada vez que consigo ahorrar algo, me doy un capricho y el impulsor de gravedad vuelve a caer en mis expectantes manos.
Lo que más me engancha es su teatralidad, aunque tampoco sería el fin del mundo si tuviera que vivir sin él. Me las apaño igual de bien con el arma de microondas, el Hemogoblin que lo pone todo perdido de sangre, alguno de los fusiles de francotirador extremadamente largos o los fusiles de asalto mejorados, capaces de volarles la cocorota a los zombis con tan solo apretar el gatillo.

Killing Floor 2 no se contenta con darte una escopeta, el arma por antonomasia de cualquier exterminador de zombis. Este juego cooperativo de disparos y zombis quiere que limpies el suelo con sus mutantes no muertos de la forma más caótica posible y que lo disfrutes. Hay desmembramientos, torsos convertidos en menudillos a escopetazos y cabezas reventadas como si fueran sandías.
Mantén la posición el tiempo suficiente y pintarás los pasillos de rojo carmesí. Todo un ballet de terror corporal que hace maravillas con el ego y que nos da la impresión de poseer poderes destructivos casi divinos. Espera a activar el tiempo Zed (o "tiempo bala" pero con un toque zombi) y verás que el mundo se desatura en una escala de grises con tan solo unas gotas de color rojo. Nunca has visto vísceras desparramadas más bonitas.
Los mercenarios a los que das vida tienen casi la misma sed de sangre que los monstruos a los que disparas. Entre asestar el tiro en la cabeza perfecto, plantarle un misil en toda la cara a un zombi en el momento justo o lanzar cadáveres de no muertos por los aires, más que sobrevivir al apocalipsis, te dedicas a jugar con sus heraldos.
Bueno, hasta que se desmorona la fantasía. Las oleadas de zombis de Killing Floor 2 acaban volviéndose apabullantes. Aléjate de la seguridad que te brindan tus compañeros y caerás al instante. Los clots básicos que eran carne de cañón para tu arma alcanzan tal cantidad que basta un solo paso en falso para que acabes convirtiéndote en una grotesca maraña de miembros.

Cuando eres el último integrante del equipo con vida, sin más remedio que acribillar a los monstruos que se abalanzan contra ti con motosierras, los pasillos ensangrentados cobran un nuevo significado. Y, por más armas que consigas, te parecerá que todo el arsenal de ametralladoras, dinamita y demás artilugios de ciencia ficción solo le hace cosquillas al jefe final del nivel. Cae el velo y te das cuenta de lo débil que eres en realidad.
Killing Floor 2 no es un juego que estimule las funciones cognitivas. En ocasiones, hasta roza lo bufonesco. Los personajes hablan con acento londinense y sueltan expresiones británicas, y los zombis suelen ir con atuendos de temporada. Pero también tiene un toque marrullero. Te vende la violenta fantasía de reventar zombis antes de dejarte en la estacada. Solo cuando estás vaciando tu último cargador a la desesperada, mientras te observan tus compañeros caídos y tienes los guanteletes con pinchos de un Fleshpound justo delante de la cara, te das cuenta de que no es una fantasía pulp, sino el auténtico horror.
Killing Floor 2 está disponible en la Epic Games Store.