
La extraña historia del erudito, poeta y político japonés detrás de Liu Kang de Mortal Kombat 1

Desde su impactante y cruento debut en 1992, Mortal Kombat ha entretenido a los fanáticos de los juegos de pelea con sus locos combos y sus finales alegremente sangrientos. La afición de la franquicia por el gore y la violencia se ha vuelto aún más disparatada en las últimas tres décadas (nos encanta), y la mayoría estaría de acuerdo en que la historia, cada vez más complicada, es igual de loca. Los personajes mueren, reviven, viajan en el tiempo, flotan y vuelan, se enamoran y juran venganza sangrienta. Sin embargo, los giros más descabellados de la trama le pertenecen a Liu Kang, el protagonista por defecto de la saga de Mortal Kombat y el defensor acérrimo de la Tierra. (Bueno, ese título podría ser para Raiden, pero no entremos en detalles: las cosas ya son bastante confusas de por sí).
La premisa de Mortal Kombat siempre fue exagerada, pero el arco narrativo de Liu Kang parece traspasar realmente los límites de la credulidad. Ha sido un afable clon de Bruce Lee, un zombi que arrastra unas cadenas, un amargado y corrupto gobernante del Infierno y ahora, en el próximo Mortal Kombat 1, un dios antiguo que viaja en el tiempo y es capaz de proteger la Tierra con sus poderes duales de fuego y trueno.
Por muy ridícula que sea su última historia (es un zombi, una versión anterior de sí mismo y un dios del fuego y del trueno al mismo tiempo), es difícil no impresionarse con la reciente apoteosis de Liu Kang. ¡Ojalá nuestra verdadera Tierra tuviera una deidad tan impresionante!
Resulta que sí la tenemos. Y como en el caso de Liu Kang, la transformación de esta deidad de un erudito apacible a un fantasma vengativo y a un poderoso dios del trueno (y más adelante a un dios de la sabiduría) está llena de giros y entresijos descabellados. Entra en escena Sugawara no Michizane, una figura histórica real y uno de los tres grandes espíritus vengativos de Japón.

El ascenso y la caída de Sugawara no Michizane
Sugawara no Michizane nació en el año 845 d. C., durante el período Heian de Japón (794-1185). Según cuenta la leyenda, era un niño prodigio y, a los cinco años, ya podía recitar poemas elocuentes, una habilidad muy valorada entre los aristócratas. Después de aprobar su examen de servicio civil cuando era un adulto joven, este erudito confuciano en ciernes obtuvo un cargo menor en la corte en el año 870 d. C. Tras intervenir en una lucha de poder entre el emperador Uda y el poderoso clan Fujiwara en la década de 890, Michizane empezó a ascender al estrellato y el emperador terminó nombrándolo ministro de la Derecha, uno de los puestos con más poder de la corte.
El rápido ascenso de Michizane (y el matrimonio de su hija con el hijo del emperador) molestó a los Fujiwara, que claramente lo veían como una amenaza a sus propias ambiciones. Después de que el emperador Uda abdicara y su hijo Daigo tomara el trono en 897, Fujiwara no Tokihira (el líder de los Fujiwara) ideó un plan para deshacerse de su rival. Convenció al joven Daigo de que el ministro de la Derecha planeaba destituirlo como emperador y subir al trono al yerno de Michizane, lo que se consideraba un acto de traición.
Engañado por este artificio, el emperador Daigo degradó a Michizane y lo exilió a la provincia de Dazaifu en la isla de Kyushu. El exministro falleció desconsolado en 903, apenas dos años después de que lo desterraran de la corte. Ahí tendría que haber terminado la historia, pero a partir de ese momento la cosa se puso muy pero muy fea.
Tan solo seis años después de la muerte de Michizane, Tokihira murió de repente a causa de una enfermedad. Inquieto por su muerte, el clan Fujiwara dedicó un templo budista al espíritu desdichado de Michizane con la esperanza de apaciguarlo. Desafortunadamente para ellos, el plan no funcionó. Más bien, ese fue solo el comienzo de una serie de desgracias catastróficas que sacudirían la capital de Kioto durante casi medio siglo.

Desgracia tras desgracia
Uno de los primeros acontecimientos que indiscutiblemente se atribuyó al fantasma vengativo de Michizane ocurrió en 923, cuando se enfermó y murió el hijo del emperador Daigo. El emperador Daigo, conmocionado por la repentina muerte de su hijo y seguro de que había sido causada por el espíritu enojado de Michizane (del que ya se rumoreaba que era responsable de una serie de enfermedades y extraños accidentes desde el año 908), emitió un edicto póstumo en el que indultaba a Michizane y le devolvía su cargo de ministro de la Derecha.
Sin embargo, esto no sirvió de nada para apaciguar al alma perturbada. La corte siguió viéndose afectada por una serie de calamidades, como tormentas violentas, sequías, terremotos e incluso plagas.
El acontecimiento más espeluznante ocurrió en el año 930 d. C., cuando un rayo cayó en el palacio imperial y mató a algunos cortesanos en el acto. Otras personas murieron en el incendio que se generó. Muchas de las víctimas tenían relación con los Fujiwara, la familia responsable del exilio de Michizane. Y lo que es aún más aterrador, el emperador Daigo murió tres meses después debido a una enfermedad, quizás provocada por la conmoción. A esas alturas, toda la corte estaba muerta de miedo, y poco después de que cayera el rayo, varias personas afirmaron haber tenido visiones de un Michizane vengativo en forma de Raijin (Raiden), el muy temido y respetado dios del trueno japonés, por lo que ambos quedaron vinculados para siempre.

Deificación
La corte, convencida de que tenían una maldición generacional a cuestas y desesperada por aplacar al fantasma descontento, empezó a buscar una solución. Sus plegarias fueron finalmente escuchadas cuando una chamana llamada Taijihi no Ayako descubrió que la mejor manera de apaciguar al desdichado espíritu de Michizane era deificarlo como dios sintoísta. Por eso, en el año 947 se construyó un santuario en su honor (el famoso Santuario Kitano Tenmangu en Kioto) y se lo deificó oficialmente como Karai Tenjin, que significa "deidad celestial del fuego y del trueno".
Incluso luego de eso, la corte siguió temiendo sus poderes. En 987 d. C., ochenta y cinco años después de la muerte de Michizane, el emperador Ichijo otorgó oficialmente al erudito el título de Tenman Dai Jizai Tenjin. Los tenjin son seres celestiales que posiblemente la gente veneraba desde tiempos muy antiguos.
Junto con Taira no Masakado y el emperador Sutoku, Sugawara no Michizane se convertiría en uno de los tres grandes espíritus vengativos de Japón. A los japoneses les encanta contar historias sobre Michizane en particular, y se lo puede ver en todos lados, desde obras kabuki hasta series de anime.
A pesar de sus aterradores poderes como dios del trueno ardiente, Michizane se despojó rápidamente de sus aspectos más temibles y se transformó en una deidad benévola que ayudaba a los eruditos y realizaba milagros para aquellos que rezaban en alguno de sus muchos santuarios. Ya en el siglo X, los académicos le dejaban poemas como ofrendas rituales. Incluso los monjes zen, que admiraban sus cualidades de erudito, lo convirtieron en su patrón. Hasta el período Meiji, las creencias sintoístas y budistas solían entremezclarse.
En la actualidad, Sugawara no Michizane es el dios indiscutible de la sabiduría y cada año miles de estudiantes japoneses acuden a alguno de sus muchos santuarios (el número varía, pero podrían ser más de 10 000) a pedirle ayuda para aprobar sus exámenes académicos.
La historia de Sugawara no Michizane es fascinante e importante, sobre todo porque se lo asocia con la enmarañada política de la corte y una serie de catástrofes naturales. Al comparar esta extraña amalgama de historia y folclore con el singular viaje de Liu Kang hacia y desde los reinos más allá de la Tierra, este último parece mucho menos inconcebible. Es cierto lo que dicen, que la realidad supera la ficción.
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